El puto día de la mujer y la niña en la ciencia (otra vez).


El meme del GTA San Andreas, juego al que no he jugado en mi vida: una captura de un momento en el que un personaje entra por un callejón y dice:: “Ah, shit, here we go again”. Podríamos traducirlo como “Me cago en la sota de bastos, qué pesaos sois”.

Ayer fue 11 de febrero. Si, como yo, atravesáis todos los días el portal místico entre dos disciplinas, o si vuestra área de especialización ha acabado siendo un mero epíteto del sustantivo Ciencias –las políticas, las jurídicas, las sociales et al., amén de las arqueociencias, claro–, quizá sepáis que es el día en que se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, idea pergeñada por la UNESCO hace ya casi 10 años. Si alguna vez me habéis leído en redes (o sea, en el difunto tuiter) quejarme de esto (del día, del concepto, de la ciencia, incluso), ya sabéis mi opinión al respecto. Si no, hela aquí.

Es domingo, déjame en paz.

Me despierto a una hora no del todo irracional el domingo después de una semana agotadora de trabajo y un finde de idas y venidas kilométricas por asuntos personales. Normalmente intento mirar las notificaciones del whatsapp del trabajo lo menos posible entre semana y absolutamente nunca durante el fin de semana porque a) soy de la opinión de que los grupos de whatsapp del curro tendrían que venir recogidos en el Código Penal, b) tengo tolerancia cero con que se me contacte por motivos laborales fuera de mi horario laboral, y c) tengo un problema de ansiedad severa precisamente a causa del incumplimiento reiterado del punto b. Pero, ah, 11 de febrero: ya me imaginaba yo por dónde iban a venir los tiros.

Abro el grupo y veo unas pocas felicitaciones: principalmente de mujeres a mujeres, pero no faltó algún hombre encomiando nuestra labor y, por supuesto, alguno más leyendo sin decir nada. No son todas felicitaciones complacientes: hay quien dice “más igualdad real y menos condescendencia”. Intervengo para decir que hasta que no se asuman responsabilidades por el papel que juega cada cual en el mantenimiento de la injusticia sistémica que nos mantiene relegadas, y hasta que no incluyamos en nuestras reivindicaciones a las mujeres racializadas, yo no celebro nada. Pongo dos emojis (una carita sonriente, un puño en alto): no vaya a ser que alguien piense que estoy enfadada.

Esto también es trabajo (y además no está pagao): aguantaros, reconveniros, y hacerlo de forma que os ofendáis lo mínimo posible.

Nada que celebrar.

Todos los años, y llevo ya cuatro o cinco haciendo este viacrucis, me pregunto qué cojones es exactamente lo que celebramos. A lo mejor es la carga extra de trabajo que nos supone preparar actividades para el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia (de aquí en adelante, DIDLMYLNELC), que viene a añadirse a horarios que ya están al límite. Porque durante el DIDLMYLNELC los hombres se limitan a felicitar, pero nos lo dejan todo a nosotras, que somos las protagonistas. Lo único que querría celebrar es que me liberaran de mis obligaciones laborales y emocionales, aunque solo fuera el 11 de febrero, y me dijeran “descansa” (pero claro, correrían el riesgo de que empezáramos a reclamar más descanso todavía, y eso no hay sistema extractivista y explotador que lo aguante).

A lo mejor celebramos la falta de sistemas de seguridad y denuncia que te dejan especialmente desprotegida si eres mujer –sobre todo si eres una mujer joven– ante acosos y abusos de todo tipo en la academia.

O a lo mejor celebramos el porcentaje de mujeres que tras ser madres dejan la carrera investigadora y acaban dando clase en institutos mientras el padre de las criaturas sube peldaños en su departamento.

El mítico gráfico de tijera del informe de 2020 del CSIC, donde se ve que el mismo número de hombres y mujeres empiezan la carrera investigadora y luego unos se quedan y otras se van.

O quizá es una celebración de las cosas mundanas, las del día a día: el desprecio del catedrático que te dice que tienes buen instinto –pero nunca es porque sepas lo que haces–; el tono del director de tesis que te grita durante las reuniones; las irregularidades en el control horario que te obligan a hacer una ficha falsa aunque curres noches, domingos, festivos, y fiestas de guardar; las interrupciones durante las reuniones, las manos en los muslos a puerta cerrada durante las tutorías, el miedo a denunciar porque un hombre, especialmente si es de rango superior, nunca enfrenta consecuencias.

Ana Valdivia y María Coto hablaban hace unos años de qué significa esto de los cuidados en la academia y por qué afecta más a las mujeres. Es una lectura que merece la pena.

El empeño en aumentar las cifras de mujeres en las carreras STEM (ciencias e ingeniería, sensu lato, vamos) bajo los augurios de la meritocracia –vosotras también podéis– es ridículo y es falso; se basa en discursos meritocráticos y clasistas que te dicen que si quieres, puedes. Pero no es cierto: para poder, tendrías que tener la seguridad de que el sistema no está diseñado para desempoderar a todo aquel que no sean los de siempre.

Igual hay que dejar de celebrar y empezar a denunciar, a boicotear, a hacer huelga, a sindicarse, a reunirse, a reivindicar.

Ciencias vs. Letras.

¿Cuál es, en realidad, el objetivo de todo esto? ¿Que haya un sorpasso en las cifras de niñas que se alistan a carreras de ciencias e ingeniería, que siguen siendo, pese a todo, disciplinas masculinizadas? Tengo noticias: las disciplinas donde hay un predominio de mujeres en los niveles más bajos (grado, máster, e incluso doctorado) también están copadas por hombres en los puestos estables de investigación. Estudié historia del arte: a mí me lo vas a contar.

Lo cual me lleva a reiterar lo mismo de siempre: ¿qué sentido tiene que haya un día de la mujer y la niña en la ciencia, en vez de un día de la mujer y la niña en la investigación?

Odio la ciencia por muchas razones: razones epistemológicas, sobre todo. Esto no significa que no crea en la validez del conocimiento científico –aunque cualquiera que esté un poco al loro del panorama sabrá que hasta Nature ha puesto en solfa la idea de la objetividad de los datos científicos–; significa que odio las circunstancias logísticas e ideológicas sobre las que se construye la ciencia occidental: la supremacía blanca, básicamente. Mis colegas del Black Trowel Collective escribieron un artículo desmontando los mitos de las grandes narrativas en la arqueología, y el primero de ellos es este, precisamente: la arqueología no es una ciencia objetiva y, sobre todo, no es neutra. Cuanto antes empecemos a trabajar desde otro paradigma, uno que acepte que la posición desde la que se hace la ciencia impacta enormemente en el desarrollo de la misma, mejor.

Pero hay más: ni toda la investigación es ciencia, ni todo el que hace ciencia es científico. Trabajador de la ciencia es una categoría que incluye a técnicos, personal de mantenimiento y limpieza, administrativos, investigadores junior, traductores, peones de obra, inspectores de trabajo, y así. Sin todas y cada una de estas piezas, la ciencia no se puede llevar a cabo. Incluidos los científicos, sí, pero no solo. Lo sabré yo, que curro en ciencia pero no soy científica ni –como en la canción del cocherito Leré– lo quiero ser. Válgame.

Bueno, ¿y a mí qué?

Por no hablar de todes les demás: mujeres racializadas, mujeres trans, mujeres discapacitadas, personas no binarias; en fin, el largo etcétera que no está incluido en esta categoría de mujer universal. O de niña, que es, al final, una mujer en potencia.

El femismo ha venido dando zancadas para avanzar rapidito desde que surgió como idea. Y menos mal que hemos avanzado. Casi todas las ideas buenas y bellas que pueblan nuestra caja de herramientas ideológicas se las debemos a los feminismos negros, a los feminismos islámicos, a los feminismos indígenas y decoloniales, a los transfeminismos, al abolicionismo del sistema carcelario.

Le pese a quien le pese –a las reaccionarias–, somos cada vez más conscientes del riesgo de adoptar un feminismo blanco e institucional, que es excluyente por definición. Este feminismo –de señora blanca, cis, de pudientes, de familia universitaria, de casa con piscinita; un feminismo de cuotas y cifras en informes de Planes de Igualdad– no vale ni para encofrar, y desde luego no vale una puta mierda como motor para la lucha.

Que le follen al DIDLMYLNELC. Yo no quiero que se celebre la resiliencia de las mujeres –es decir, el aguante, el silencio, el sufrimiento, la complicidad de los que están en una posición de poder–. Quiero que ardan todas las instituciones que perpetúan la injusticia y la desigualdad. Incluidas la universidad, la investigación, la academia, la ciencia, y las que haga falta.